Aprender a escuchar a los otros, razón de la cultura literaria: García Bergua


La Jornada
Mónica Mateos
Marzo 9, 2009
  • Reflexiones filosóficas, poemas y ensayos integran Inmersiones, reciente obra de la autora.


La cultura literaria consiste en aprender a escuchar a los otros, porque eso brinda la claridad de expresión necesaria para conseguir un buen diálogo, una buena negociación, afirma la poeta Alicia García Bergua, quien presenta estos días su libro Inmersiones.

 

Editado por la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México, el volumen incluye nueve textos que van de la reflexión filosófica al ensayo poético, para aterrizar, inevitablemente, en el verso.

 


En entrevista con La Jornada, la autora advierte que “vivimos en un país en el que por desgracia la educación está muy mal; aunque tengo la sensación de que las personas cada vez leen más, pero las instituciones educativas, en lugar de forzar a los chicos a la lectura, deberían incitar, decirles que lean lo que quieran, y que cuando un libro les aburra busquen otro.

 

 

Antiguo valor cotidiano de la poesía

 

“Es decir, abrir posibilidades, tener bibliotecas en todos los barrios. A Marcelo Ebrard le diría que pusiera bibliotecas con cafetería en muchas colonias; sería una maravilla. Muchas personas no tienen acceso a los libros, porque no tienen dinero.

 

“Creo que las actividades artísticas te forman emocionalmente, te hacen entender que la sensibilidad es algo que se adquiere mediante la palabra, la lectura. En uno de los ensayos del libro digo, citando a T.S. Eliot, que la poesía nos permite leer una gran gama de emociones y expresarlas.

 

“Antes sí había dentro de la educación literaria un acercamiento a la poesía; en la secundaria se aprendían poemas de memoria, algo de métrica; se leían poemas aunque fueran cursilísimos. La poesía tenía un valor cotidiano, y esa formación ayudaba a entrar en el género.

 

Cuando se perdió ese aprendizaje la gente dejó de leer poesía, lo que implica entender las palabras en un contexto difícil; pero es importante acercarse a ella, porque ahí existe una suerte de intimidad universal humana. En la poesía estamos todos.

 

 

Cambio de rumbo

 

Hija del historiador del cine mexicano Emilio García Riera, los primeros intereses académicos de Alicia fueron las ciencias naturales, las matemáticas, la biología. Nunca pensé dedicarme a escribir o a ser poeta, aunque en mi casa todos hacían literatura, recuerda.

 

“Pero tenía muchos amigos poetas; desde muy chica conocí a Tomás Segovia, muy amigo de mi padre.

 

“Admiraba a los poetas, me impresionaba mucho su capacidad de expresión y manejo del lenguaje, el poder decir cosas para mí imposibles.

 

Cuando murió mi hermano Jordi algo muy fuerte me pasó por dentro; podría decir que casi cambié de personalidad, pasé por una crisis depresiva muy fuerte y algo en mí me mostró la necesidad de escribir, de ser poeta, de sacarlo por ahí.

 

No obstante, la autora de Fatigarse entre fantasmas (1991) señala que la llegada de la poesía a su vida no fue terapéutica: los escritores no elegimos escribir; hay como una especie de misión o vocación o algo que sentimos que debemos ser. Hay una necesidad que no tiene que ver con la elección de un pasatiempo, sino con algo que te jala, que necesitas escribir para vivir.

 

En 1975, Alicia se involucró con el que sería su segundo oficio, la divulgación de la ciencia: “pertenezco al grupo de personas en México entrenadas por Luis Estrada para hacer divulgación científica, porque antes no había preparación al respecto.

 

“Ahí empecé a enfrentarme con el lenguaje de una manera difícil, porque hay que trasladar lo que dicen los científicos a formas comprensibles para todos; cuesta mucho trabajo. Con la divulgación científica desarrollé una habilidad de escritura que no era exactamente un don.

 

Hay quienes nacen con una capacidad de expresión, que a veces, inclusive, deben contener. Trabajé mucho en esa capacidad; estudié filosofía y aprendí a hacer divulgación; entonces, mi apreciación del lenguaje es producto de un trabajo muy pulido.