Una cabeza sin cuerpo, descoyuntada, como un busto. Su cuello —su base— recuerda a la torre de refrigeración de una central nuclear (pero ésta es una referencia que Paul Klee, muerto en 1940, no pudo haber tenido, pues la primera planta termo nuclear del mundo entró en funcionamiento catorce años después). Encima del cuello o base, una enorme cabeza verde; ésta, a su vez, tocada por una vibrante mata de cabello rojizo: un pelo tieso, rígido, de textura plástica, artificial. Líneas horizontales del mismo tono bermejo atraviesan la cabeza de lado a lado, conformando de esta manera los elementos y la expresión del rostro. Ceño, cejas, párpados, mejillas y labios están formados por estos trazos horizontales; la nariz apenas sugerida por seis finas líneas en vertical. El fondo es de un verde sólido mucho más oscuro, del tono de las botellas de vino bordelesas.
La potencia pictórica de esta obra de Klee, titulada Máscara de actor (1924), mana en gran parte del uso del color. Aquí no hay propiamente luz; hay tonalidad y resolución. Me refiero a que no hay en la pintura un trabajo lumínico convencional, sino una exploración fundamentada en el color. Incluso la forma es primero tono que forma.
Escuché por primera vez de Paul Klee a través de la famosa Tesis sobre la historia, de Walter Benjamin. En ella menciona un pequeño cuadro de Klee, el Angelus Novus, al que compara con el Ángel de la Historia. La breve descripción y la sombría comparación que hace Benjamin despertaron mi curiosidad, y si bien Angelus Novus es en sí misma una pintura tremenda, de alta vanguardia, carece para mí del impacto voraz de Máscara de actor.
Hombre musgo (quizá mujer), con su cabello color grosella y sus gargantillas —tal vez africanas— adornando su cuello. Esta aparición, enmarcada por un entorno de penumbra, de un verde casi noche, es en verdad una pieza muy pequeña (de tan solo 37 cm de alto por 34 cm de largo), pero su mirada me persigue con un poder abrumador. Imagino entonces que la estructura representada por Klee es inmensa, tan grande como una montaña, y que a sus faldas habita una humanidad socavada, una ciudad sumisa. Esta gigantesca cabeza cósmica observa impávida todo a su alrededor, lo aquieta, lo controla todo con su mirada ciega, todo lo aplasta. Es un centinela de musgo, un observador ubicuo, una deidad, un dictador.
He ahí lo fascinante de este cuadro: su capacidad de reinventarse. Algunos días, al mirarlo, me parece estar viendo un holograma, la representación inacabada de un ser vegetal; otras veces, en efecto, pienso que se trata de un monstruo formidable, un forastero sideral, capaz de aterrorizar a todo ser sobre el que posa sus ojos inquietantes.
Si el Angelus Novus, según Benjamin, mira algo de lo cual quiere alejarse, la Máscara de actor observa con total fijeza algo que pereciera querer someter, quizá incluso erradicar.
¿Entonces por qué me siento atraído hacia el cuadro con tanta vehemencia? ¿Por qué esta pequeña figura me resulta tan magnética? Tal vez no sea torre ni montaña ni monstruo, quizá es una parte de mí, algo que me habita, una oscuridad, la sombra en mi interior, y en el de todos, a la que Klee ha logrado dotar de color y de forma. Lo que el cuadro nos muestra es la cosa que hay debajo, la cosa oculta que no tiene nombre, que debe permanecer inadvertida, es decir, una especie de inconsciente vuelto emblema, inseparable de lo que todos somos, pero al mismo tiempo desconocido, inaccesible. Tal vez esta imagen me absorbe tanto porque dialoga con ciertos miedos y obsesiones que tengo bajo llave, y que al verlos en pintura me embelesan, me perturban, me hacen querer tocar todos esos nocturnos secretos que se esconden tras la máscara.