Los que se ufanan de poseer genialidad artística en estos tiempos, deberían montarse en la máquina del tiempo y viajar a 1948 para presenciar con sus propios ojos el proceso creativo de Phillipe Halsman, quien fuera fotógrafo de la Agencia Magnum, para capturar una de las imágenes más icónicas de la historia visual del siglo veinte: Dalí Atomicus.
El pintor da un salto magistral. Tres gatos y una silla flotan en el aire, justo en el momento exacto donde un chorro de agua empapa la Leda Atómica, obra emblemática de Dalí, ubicada en uno de los extremos de la composición. Si hubiese que escribir un sinónimo perfecto para referirse a esta foto, sólo uno encajaría como anillo al dedo: ambrosía.
Si se desea entender el porqué de esta palabra tan excelsa y peligrosa en las cuestiones artísticas, es obligatorio sumergirse en la odisea detrás de la fotografía: seis horas de un ejercicio ininterrumpido donde el binomio ensayo-error encarna el ingente esfuerzo de perseguir un momento sublime en los amplios caminos del arte visual.
En Halsman, no hay sudores del ego ni afanes de perfección. Si nos tuviésemos que poner rigurosos en los detalles, podrían criticarse detalles tan nimios como la expresión facial de Dalí mientras salta o la extraña posición de los dos gatos cuyos cuerpos parecen estar atados entre sí.
Pero como atreverse a juzgar tan severamente cuando Halsman invierte 28 tiros (los momentos épicos siempre se leerán con más fascinación cuando se narran en presente) y se transforma en el instrumento que la fotografía elije para que el gran Salvador Dalí acepte probar en carne propia el arte de la jumpology o la saltología, marca registrada de Halsman durante el transcurso de su quehacer fotográfico en la jet set y la política estadounidense, donde fotografía a personajes como Marilyn Monroe, Richard Nixon y Frank Sinatra.
El simple hecho de lograr algo así en un hombre cuyo ego podría equipararse a la estética de sus obras, ya es una hazaña majestuosa. No imagino a Dalí aceptando realizar este ejercicio fotográfico, en un caso hipotético, con Helmut Newton, Henri Cartier-Bresson o Robert Capa. Bastaría con imaginar a los tres fotógrafos citados con la irreverencia propia de Halsman para entender que la cuestión va más allá de una simple necesidad creativa.
El Dalí atómico encarna un acto genuino de amistad entre dos hombres embriagados de éxito pero lo suficientemente humildes para acoplarse el uno al otro. En el mundo del arte, donde las vanidades cabalgan a su gusto en las mentes y relinchan para jactarse de unos triunfos que hacen creer al mortal una deidad finita pero suprema, eso no es más que genialidad artística a la enésima potencia.
Es ineluctable visualizar a un Dalí impaciente, saltando una y otra vez, teniendo que convivir con gatos, según se rumora no eran de su predilección, soportando las directrices de un Halsman obsesivo con el encaje de las piezas.
En la sociedad contemporánea, sería muy fácil que fotógrafos como el desaparecido Herb Ritts o David LaChapelle convenciendo a Mick Jagger o a Paul McCartney de hacer una imagen así, guitarra en mano, el efecto en las redes sociales sería apoteósico, pero en la cotidianidad de 1948 convencer a Dalí no debe ser tan simple como se pensaría.
Pero si ninguno de los que leen estas líneas considera esto un motivo real y justo para aplaudir al fotógrafo estadounidense, hay dos elementos que exigen salir a la luz en esta apreciación: el primero, relacionado con la técnica de la imagen. Además de las seis horas y los 28 tiros iniciales, Halsman es uno de los niños mimados por la fotografía de la gelatina de plata, invento del médico británico Richard Leach Maddox, para darle vida a su obra maestra.
Uno podría desviarse del tema central para sumergirse en el espíritu pueril de las ideas de Halsman. Pero eso será tema para otro texto.
Volviendo a lo técnico, hacer uso de un procedimiento tan vanguardista en aquellos días —tomar gelatina, disolverla en agua y mezclarla con bromuro y nitrato de plata fue quizá el último acto maravilloso de la creación fotográfica (el proceso de placa seca en todo su esplendor) antes de la aparición de la cámara Kodak Brownie de rollo de película en caja en 1900— para darle vida a una obra tan atemporal, en un tiempo donde nadie se atrevió a hacer algo similar, hace palidecer de envidia a la mismísima inteligencia artificial.
El segundo, deliberado a más no poder, tiene que ver con bajarle los humos a la Leda atómica de Dalí. Algo así como darle celos muy sutilmente. Y vaya que Halsman se sale con la suya: los tres gatos sincronizan sus saltos con el del inolvidable Salvador Domingo Felipe Jacinto. Ella debe conformarse con ser empapada por el furioso chorro de agua.
Ella, la única merecedora de flotar en el aire mientras aprieta el pescuezo del cisne, encarnación animal del Zeus griego, debía soportar el hecho de ser simplemente un óleo surrealista sobre lienzo. Una pintura inerte. Cuantas ganas de hacerse tangible y atravesar el cuadro para meterse en la mitad de su hacedor y los mininos. Ni modo. Será en otra vida.
“Genios” artísticos contemporáneos: ¿Alguna propuesta visual para derribar del trono al Dalí atómico de Halsman? ¿Están ahí todavía? ¿Todo bien con sus egos?