Óscar Martínez
Los muertos y el periodista
Editorial Anagrama
Barcelona, 2021
232 páginas
Mientras relata sucesos puntuales —tres muertes— y da rostro a sus protagonistas, Martínez cuestiona el papel del periodista frente al poder, frente al dolor, frente a sus fuentes. Empatiza con las causas, y nos hace encontrar similitudes en retratos precisos de una realidad que no sabemos si el periodismo ayudará a transformar. Al narrar los detalles, sus peripecias del reportero, la forma en la que fueron brindados los testimonios, nos revela verdades universales a partir de casos específicos.
¿Qué es una crónica? ¿Cuál es la necesidad periodística de contar historias reales, de narrar los horrores cotidianos? ¿Puede el periodista salir ileso de esta empresa? ¿De qué nos sirve leer? Las mejores crónicas deslumbran, impresionan, alucinan; atrapan por veraces, por irremediables. Hay algo que nos mueve —como escritores— a contar, y como lectores, a querer saber más de lo que se nos relata, aunque nos devaste.
Las buenas crónicas no se sueltan, se asumen; se resisten como el mal más necesario. El periodista sucumbe al instinto de llevar la historia hasta sus últimas consecuencias, y el lector se mimetiza —a través de su lectura— con esos afanes. Las dudas permanecerán y se amplificarán; serán el remanente de la emocionalidad y la belleza con las que se ha buscado que el hecho narrado permanezca en la memoria de quien entra en contacto con él.
Óscar Martínez ha contado historias desde hace años. A pesar de su juventud, es un viejo testigo de los males que dominan esta región del mundo; también de los vicios que los originan. Sus textos son apuntadores láser que colocan puntos rojos sobre los orígenes del mal: la corrupción, la impunidad, las desigualdades lacerantes que hacen surgir demonios que nunca duermen. Todos sus años acompañando caravanas migrantes, descifrando las dinámicas de las pandillas salvadoreñas y guatemaltecas, retratando perfiles de personas violentadas o de criminales, han dejado cicatrices, dudas, profundos cuestionamientos que intenta resolver en este libro: crónica de crónicas, recuento de daños colaterales y decisiones que acarrean la peor de las consecuencias: la muerte. Martínez ha vivido los horrores, los ha acompañado y, al final, no le queda más remedio que escribir para exorcizar sus demonios.
“¿Por qué lo hice? ¿Qué pretendía contando esa masacre? ¿Valió la pena exponer a esa sobreviviente? ¿Cambié cosas? ¿Cuándo hay que parar?” (Martínez, p. 14).
El autor se abre de capa para contarnos el verdadero propósito del libro. Cree que su trabajo ha dejado secuelas y se cuestiona sus propias intenciones, así como la pertinencia de su arrojo.
Los muertos y el periodista (Anagrama, 2021), y el cúmulo de reflexiones que nutren esta crónica de crónicas, se convierte —a través de lo que el autor llama “recodos”— en un documento imprescindible para quienes, sin tanta pericia ni experiencia, intentamos también arrojar algo de luz sobre otras historias, en otros lugares y momentos. Estas reflexiones son brillantes: atropellan su relato, lo ralentizan, lo suspenden en líneas que invitan a detenerse, ya sea para saborearlas o para intentar entendernos a nosotros mismos. Él se disculpa por ello de forma constante, pero nosotros, como lectores y aprendices, se lo agradecemos.
Mientras relata sucesos puntuales —tres muertes— y da rostro a sus protagonistas, Martínez cuestiona el papel del periodista frente al poder, frente al dolor, frente a sus fuentes. Empatiza con las causas, y nos hace encontrar similitudes en retratos precisos de una realidad que no sabemos si el periodismo ayudará a transformar. Al narrar los detalles, sus peripecias del reportero, la forma en la que fueron brindados los testimonios, nos revela verdades universales a partir de casos específicos.
Las consideraciones que Óscar Martínez hace sobre su trabajo convierten Los muertos y el periodista en un auténtico manual de periodismo, uno que nos deja lecciones indispensables: ser honesto con las fuentes, protegerlas a toda costa, obviar las buenas intenciones. “Ser honesto es, sobre todo, ser brutal” (Martínez, p. 45), concluye. Entendemos entonces que para él, las intenciones quedan de lado; lo que verdaderamente importa es el rigor que logremos imprimir al reporteo, a lo que podemos demostrar. Concluimos —antes de la mitad del libro— que no importa por qué hacemos lo que hacemos, sino que seamos capaces de hacerlo bien.
Este libro nos recuerda que la realidad acecha a los periodistas; los llena de dudas, de miedo. Pero también visibiliza otras historias y realidades que nos obligan a abrir los ojos como habitantes de esta región tan saqueada y prostituida por los poderosos. Nos habla de la importancia de recoger testimonios y proteger la integridad de las fuentes, pero sin caer en el pudor paralizante. Honrar la verdad y contar los hechos tal como ocurrieron, sin miedo a dejarnos abatir por la emoción.