Fátima Villalta
Breve historia del fracaso
F&G Editores
Guatemala, 2024
192 páginas
Las voces que aparecen recuerdan una época en la que creían que podían cambiar el mundo: soñaron con revoluciones, con proyectos colectivos, con otra forma de vivir. Pero el tiempo pasó y esas promesas no solo no se cumplieron, sino que se convirtieron en algo distinto, a veces incluso contrario. Algunos de estos personajes no pudieron moverse del pasado: siguen aferrados a la nostalgia o atrapados en viejos dolores, como si el futuro se les hubiera negado.
Breve historia del fracaso (2024), de la escritora nicaragüense Fátima Villalta, es un libro que desde el título plantea temas como la pérdida, la desilusión y la búsqueda desesperada de sentido en medio del caos personal y colectivo. Dividido en nueve cuentos, la obra pone en el centro a personajes que fracasan en amar, en recordar, en regresar, en construir algo duradero o, incluso, en escapar. Así, la autora presenta un mundo marcado por la precariedad, la violencia, la desigualdad y el deterioro ambiental entrelazado con las historias íntimas de personajes rotos y desencantados.
Villalta parte de escenarios distópicos, pero nunca se aleja de la realidad centroamericana o latinoamericana. Hay cuerpos atravesados por prótesis porque conservar lo orgánico se ha vuelto un lujo; clones que escapan de casas ricas en donde fueron criados como reemplazos emocionales; actrices trans que huyen de la violencia estructural, y mujeres que regresan del exilio en busca de algo que ya no existe. Los elementos de ciencia ficción de algunos de estos relatos funcionan como espejos deformantes de nuestra sociedad, donde las jerarquías, el clasismo y la opresión de género siguen intactos, solo que con nuevas tecnologías.
Uno de los temas más recurrentes en los nueve textos es el desencanto. No solo el personal o emocional, sino el político y generacional. Las voces que aparecen recuerdan una época en la que creían que podían cambiar el mundo: soñaron con revoluciones, con proyectos colectivos, con otra forma de vivir. Pero el tiempo pasó y esas promesas no solo no se cumplieron, sino que se convirtieron en algo distinto, a veces incluso contrario. Algunos de estos personajes no pudieron moverse del pasado: siguen aferrados a la nostalgia o atrapados en viejos dolores, como si el futuro se les hubiera negado.
Para ejemplificar lo anterior, tomo el cuento “Otra película para gente triste”, un testimonio coral sobre una película fallida. Se trata de una producción dirigida por Esperanza, una cineasta que vuelve a su país después de muchos años de exilio voluntario. Su regreso no tiene un objetivo claro: es, más bien, una necesidad de reconexión con su pasado, una especie de ajuste de cuentas con una juventud truncada por la represión, el exilio, las pérdidas y el olvido. A través de múltiples voces (cada una con una breve ficha biográfica que recuerda un archivo institucional o policial), Villalta teje una historia colectiva sobre un intento de arte que, desde el inicio, está condenado al fracaso.
Esta película que nunca se concreta se vuelve una metáfora para hablar de proyectos políticos, artísticos y afectivos que marcaron a una generación que creció con la esperanza de cambiar el mundo y que, décadas después, se enfrenta a la resignación. Esperanza —cuyo nombre es claramente irónico—, aparece como una figura que busca redención y arrastra a otros en su intento por reconstruir lo que ya no existe. El cuento no se limita a contar el fracaso de la película; muestra cómo este es apenas uno entre muchos: matrimonios fallidos, amistades destruidas, cuerpos que envejecen, ciudades irreconocibles, traumas no resueltos…
Lo más conmovedor es esa sensación constante de que el pasado no se puede reconstruir por más que uno quiera. Las escenas en las que Esperanza y sus excompañeros recorren las calles buscando lugares, personas y momentos son de una melancolía muy dura. Como dice una de las voces: “Nos dedicamos a perseguir fantasmas y a buscar, acompañadas de imágenes viejas, lugares que ya no existen y personas que no se parecen en nada a las fotos que tomamos en esos años” (pp. 79-80). Hay una fuerte honestidad y a la vez un reconocimiento de que no todo puede ser contado y que, a veces, lo que se recuerda es ya una ficción.
En ese sentido, Breve historia del fracaso dialoga con la tradición de literatura centroamericana que problematiza la memoria, la posguerra y el neoliberalismo. De este modo, Villalta retrata los afectos, la herida íntima y el fracaso como declaración de principios. Un fracaso que deja de ser excepcional y se convierte en la norma: fallan las políticas, fallan las relaciones, fallan las instituciones y falla la tecnología. Todo está narrado desde lo micro, desde personajes que no buscan ya salvar el mundo, sino resistir o encontrar un pequeño espacio de subsistencia.
El libro toca temas que se sienten urgentes: el colapso ambiental, el control sobre los cuerpos, la deshumanización tecnológica y el clasismo brutal que se sigue repitiendo, incluso en futuros imaginados. Su lectura es impactante porque coloca al centro cómo lidiamos con lo que nos precede; cómo seguimos adelante cuando no hay mapas ni promesas.
En resumen, Breve historia del fracaso es una obra que vale la pena leer no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Fátima Villalta presenta una obra que conmueve, que incomoda e interpela. Es una apuesta literaria que amplía los límites de la narrativa centroamericana contemporánea y que, sin duda, deja huella.