A mitad de la noche, la mancha de humedad en el techo de mi habitación me impide conciliar el sueño. Me turba no saber cómo se han formado esos surcos oscuros que se reproducen y bifurcan a la manera de un fractal sobre mi cabeza. De pronto, entre las sombras, identifico en la mancha un entramado que me recuerda las intrincadas ramas de los olmos ingleses en los paisajes nocturnos de John Atkinson Grimshaw.
Me levanto y, en efecto, en un álbum Phaidon de paisajistas británicos del XIX, encuentro lo que buscaba: se trata de Shepherd with sheep in a moonlit lane, un óleo de 1877. Y ya desde el primer vistazo sé que mi memoria ha hecho su trabajo.
La imagen captura una noche de una claridad insólita; la luz que emite la luna de Grimshaw —que permanece fuera de cuadro— es de una luminosidad tan potente como la de un sol. A través de su pincel vemos mejor de noche que de día, con una nitidez y un nivel de detalle que asombra, como si el pintor nos prestara por unos momentos la vista de un gato o de una lechuza. Es tan brumosa esta luz, y tan liviana, que flota por todo el cuadro como un gas que fuera diluyendo la oscuridad.
Los ocres predominantes en el cielo brillan como si éste fuera una bóveda de caoba, apenas tiznada por la noche. Abajo y a la derecha, un sendero de tierra mojada refleja los tonos cremosos de la luna, entre los que se funde un pequeño rebaño de una docena de ovejas. Del lado izquierdo, un cuerpo de agua mansa actúa como un espejo de plata que relumbra con parsimonia hacia el cielo. En la parte central superior de la composición, las delgadas ramas de un par de olmos configuran la elegante telaraña que mi inconsciente descifró en la mancha de humedad del techo. Y justo abajo, un banco de setos concentra la zona más oscura del lienzo, entre la cual alcanzamos a ver —solitaria y en calma— la silueta del pastor que le da nombre a la obra. Sin embargo, el protagonista del cuadro es sin duda el brillo etéreo de la luz calinosa que inunda la noche, y que permite a todas las demás formas cobrar vida. Es una luz fantasmagórica e implacable, tan sutil y tan tangible al mismo tiempo, que dan ganas de estirar la mano para acariciar su textura algodonada.
Es una pena que la obra de Atkinson Grimshaw, pintor que pertenece al periodo victoriano, sea tan poco conocida. Él nació en 1836, en Leeds, Inglaterra, y murió en 1893, en la misma ciudad. En vida llegó a conocer el éxito, lo cual le permitió dedicarse a la pintura a tiempo completo, luego de trabajar algunos años como empleado en una compañía ferroviaria. Su especialidad fueron los paisajes nocturnos, tanto urbanos como rurales, que abarcaron calles, avenidas, puertos y senderos bucólicos, todos ellos marcados por su sello distintivo: una luz de luna magistralmente plasmada en el lienzo. Esta capacidad única de Grimshaw lo llevó a ser bien respetado por sus contemporáneos, como el estadounidense James McNeill Whistler, quien admiraba su habilidad para lanzar con la luz en sus cuadros una suerte de hechizo.
Una vez saciada mi sed de Grimshaw, regreso a la cama. La mancha de humedad sigue ahí arriba, en una zona del techo que hace ángulo con la pared, pero el insomnio se ha disipado gracias a los efectos apaciguantes de Shepherd with sheep.