En los últimos meses ha circulado en más de una ocasión en redes un dato sensacional: actualmente se exhiben juntos, por primera vez, el Saturno de Rubens y el de Goya en el Museo del Prado. Esto, por cierto, no es verdad: la fotografía que los muestra contiguos corresponde a una exposición de 2021 con motivo de la reapertura del recinto tras un periodo de inactividad debido a la pandemia de Covid-19. Sin embargo, ver amabas pinturas así, lado a lado, me pareció más oportuno ahora que nunca. Y es que no son únicamente el retrato de un pasaje de la mitología grecolatina particularmente siniestro, sino que revelan la poderosa fuerza que está detrás de tales sucesos. Saturno —Cronos para los griegos— es el gobernante supremo, el ser más poderoso que existe. No obstante, lejos de disfrutar de una vida cómoda y tranquila, el miedo lo gobierna a él. En la cima de su hegemonía, no puede pensar en otra cosa más que en la aterradora posibilidad de perderla y, sabedor de que será derrocado por uno de sus hijos, toma la medida drástica de devorarlos apenas nacidos. Detrás de ese comportamiento atroz hay una psicología trastornada, delirante y racional a la vez, que capturan ambos retratos del titán. La crueldad, la violencia y el miedo se conjugan en la figura de ese anciano decadente que, en el colmo de la desesperación, sella con la sangre de los otros su propio destino funesto.
Esta lectura de las obras Rubens y Goya las emparenta con el Iván el Terrible y su hijo, de Ilyia Repin. Si bien esta última no comparte el tema mitológico, las similitudes en el tratamiento del personaje central es común a las tres. Ambos gobernantes ancianos, celosos de su poder, asesinan a sus hijos y terminan asegurando con ello —el titán por una profecía autocumplida; el zar por las vicisitudes de la sucesión dinástica— su propia ruina.
Digo que tales representaciones me parecen oportunas en estos días porque encarnan, con insospechada elocuencia, el deterioro espectacular que está sufriendo la entidad que gobierna nuestro mundo desde hace décadas: Estados Unidos. El segundo mandato de Trump arrancó con una avalancha de decisiones y movimientos bruscos que cimbran los cimientos del orden internacional semana a semana. No se ha acabado de asentar el polvo de la última sacudida cuando llega la siguiente oleada de noticias estrambóticas. Y que haya podido mantener el mismo ritmo frenético después de varios meses es, a falta de un término mejor, admirable.
Sería ingenuo, sin embargo, atribuir esta deriva exclusivamente a Donald Trump. Basta con voltear a ver la administración anterior, encabezada por Joe Biden, cuyo legado incluye la desastrosa retirada de Afganistán, la escalada bélica indirecta entre Rusia y la OTAN en Ucrania, la complicidad plena en los crímenes de Israel en Gaza, el grave deterioro de las relaciones entre las Coreas, la rivalidad cada vez más aguda con China y el progresivo desmantelamiento de las instituciones del orden internacional establecido a partir de 1945.
Para colmo, la sucesión de los dos presidentes más ancianos de la historia del país emula acaso el díptico formado por las pinturas de Rubens y Goya: uno más furibundo y determinado, el otro más alienado y descompuesto; los dos viejos se aferran a la fantasía de evitar lo inevitable. Ninguno de los dos es realmente el titán, ambos son meras manifestaciones sensibles que aspiran representarlo de distinta manera, pero siempre en el acto elemental de devorar a un otro inocente, por temor a que sea ése el cuerpo de quien podría destronarlo.
También es verdad que las medidas extremas y sangrientas no son ninguna novedad para Washington y su política exterior, pero la motivación para aplicarlas —a saber, un intento de revertir su tendencia decadente— sí lo es. La pregunta en este punto no es, pues, si Estados Unidos seguirá siendo la potencia hegemónica del mundo —eso quedó ya en el pasado—, sino si en su ocaso desencadenará, como Saturno, una conflagración global.