—Aquí siempre es bueno saber defenderse. Imagínate que un día llegan y te asaltan, o que alguien drogado te quiere hacer algo, si les aplicas una combinación los dejas en el piso.
—¿De veras crees que tus clases de box le van a ganar a una pistola, o que tus piernas van a ser más rápidas que una moto?
—Es cierto, pero todos aquí sí saben pelear.
—Más bien tienen astucia callejera, en una pelea sin problema te sacan un palo o una botella para descalabrarte mientras tú todavía estás poniéndote los guantes y vendando tus manos. Tratas de hacer las cosas bien y que sea justo, pero a ellos no les importa siempre y cuando te chinguen. Sí te ganan suciamente te dirán pendejo por no hacer lo mismo que ellos, y si te ganan con las de la ley, harán lo mismo, porque a diferencia de ti, ellos aprendieron en la calle y no tuvieron que pagar por un entrenador.
Cuando Andrés y yo llegamos a la escuela, en plena noche, nos reciben los chacales y las buchonas con su michelada en mano. Nos ven como si fuéramos tontos, vestidos con ropa deportiva, cargando botellas de agua. Es imposible evitarlos porque la escuela se ubica en el segundo piso de un edificio con un antro en la planta baja.
Es un piso viejo, sin duda es un piso viejo. Si lo miras de lejos podrías pensar que las manchas negras que se combinan con el verde de los azulejos son de mugre proveniente de tantas suelas que pisan y revuelven la suciedad con las gotas y charcos de sudor. Pero así es su diseño original, la única modificación son las marcas que delimitan el área sobre la cual debe ser colocado el ring. Alrededor de ese perímetro nos ubicamos los jóvenes, las señoras, los señores, los chavitos, para “bailar con el diablo”.
La quemazón empieza por las pantorrillas, que tras varios brincos consecutivos piden ceder. Las acompañan la sensación de grapas que se incrustan en las espinillas, donde el hueso está pegado a la piel y no hay músculo de por medio. Primero es un abrir y cerrar de piernas, pero el coach se deja llevar por su sadismo y nos pide lanzar golpes al aire mientras sube el volumen de la música. Coordinar, ejecutar, aguantar. Nadie quiere ser el primero en admitir que ya se cansó. A mi también me duelen los pies, los pies planos y sin arcos, inútiles para lo que fueron hechos. Si le digo a Andrés que voy a detenerme porque las plantas me arden, va a burlarse de mí. Prefiero aguantar y mirar a los señores por encima del hombro cuando se paren porque ya no pueden.
Al abrir las manos las vendas casi escurren, al principio apretaban, pero ahora están aguadas, tan aguadas como la carne flácida, pero no rebotan. El entrenador nos pide ponernos los guantes para empezar, aunque ya se nos haya terminado el aire.
—Yo creo que cómo vamos, en un mes sí le gano al Dorian – Me dice Andrés mientras mete sus manos dentro de las almohadillas.
—¿Así cómo vamos? Todavía ni sabes poner la guardia – Le respondo con escepticismo y sin poner demasiada atención porque con mi nariz noto que nunca ha lavado los vendajes de sus manos.
—Es que siento que se cree mucho, nada más para ponerlo en su lugar. Como él si va a competir, seguro no se da cuenta que nosotros también traemos nivel. Nada más porque él ya entrenaba desde chiquito.
—¿Te das cuenta que él tiene 15 años y tú 26?
—No le hace.
Al final los delincuentes íbamos a ser nosotros. Los únicos sin moto y sin pistola, por tanto, los verdaderos perdedores.