Mugre sin fin

Guillermo Armenta Ugalde

Este texto fue escrito para el curso “Creatividad 3: Artes visuales”, impartido por Héctor Perea, en la cuarta emisión del Diplomado en Escritura Creativa de la Escuela de Escritura UNAM. Se trata de la versión entregada por su autor, que se publica aquí de manera íntegra y sin intervenciones.

Eran los baños de la escuela, no había espacio para la duda, estaban viejos, sucios, manchados y resultaban inconfundibles por el hedor que evidenciaba la falta de higiene y limpieza de los alumnos, ese aire agrio que se metía de inmediato por la nariz y llegaba hasta la boca del estómago. Estar ahí, o simplemente estar cerca, eran ya un síntoma de malestar e incomodidad acrecentado por la mala suerte de coincidir con el conserje, ese señor misterioso, sin nombre, que nunca te miraba a la cara, y atestiguar cómo cargaba una bolsa transparente (¿por qué siempre transparente?) que resguardaba el bloque de papeles sucios que se desbordaron del bote de basura hasta formar una alfombra en el suelo. El niño que se atrevía a ir a este lugar, más que valiente, era un desesperado que no podía contener sus fluidos internos. Ir de día era desagradable, pero ir en la noche, en la oscuridad, era el mejor ejemplo de la demencia.

Estaba claro que eran esos baños los que se manifestaron mientras soñaba, pero esta vez algo era diferente: la luz se había ido. Para guiarse en la penumbra era necesario iluminar con una lámpara de mano y darse cuenta que ese cuarto se prolongaba sin fin. Si algo más había cambiado era la distribución, en lugar de dos filas de cabinas de inodoros, ahora los excusados estaban agrupados alrededor de columnas, sin puertas, únicamente las tazas, llenas de residuos, percudidas, como si estuvieran tomándose de la mano en un juego infantil. Para usarlas se tendría que correr el riesgo de excretar frente a alguien más. Quizá lo que volvía tan atemorizante esta situación no era la infinidad o la oscuridad, sino la incómoda familiaridad, la posibilidad de interactuar con la suciedad de otros, la negación a la intimidad, el descontrol de las funciones corporales.

¿Tantas horas navegando compulsivamente en internet habían provocado esa aparición en mi sueño? El origen de esa horrible experiencia para encontrar un baño limpio entre una multitud inconmensurable podía hallarse en la idea de los backrooms. Siempre que se hablaba de ellos, alguien comentaba “Yo estuve ahí” “A mí también me pasó” “No sé cómo, pero me adentré en ellos y logré salir”. Los backrooms fueron un fenómeno con el que la anónima colectividad digital de internet hacía referencia a lugares interminables manifestados dentro de espacios liminales como oficinas, pasillos, edificios, salones que se extendían de manera caprichosa y solitaria. Muchos aseguraban haber estado en uno de ellos, llegaban a través de sus sueños e incluso había quien aseguraba poder acceder de forma consciente. Poco a poco, todo se volvió más complejo, y usuarios en foros y redes comenzaron a formular teorías, a convencerse a sí mismos de que estos lugares existían con rutas y niveles para recorrerlos y no quedar atrapados dentro. Esta concepción tomó su forma en conversaciones y comunidades de internet, pero el primero en representarla de manera audiovisual y bautizarla fue el usuario conocido como Kane Pixels con su cortometraje The Backrooms (Found Footage) de 2022. Aquí, a manera de pietaje encontrado, se caía en una de estas dimensiones de manera involuntaria. Al recorrer la soledad del interior de un edificio buscando a alguien o alguna salida, se terminaba encontrando con una criatura horrible. Fue tal la resonancia de este proyecto que, a partir de él, se han elaborado videojuegos, crepypastas y próximamente películas.

The Backrooms (Found Footage)

Los backrooms fueron una inspiración cerebral para darle forma a la plástica de la noche, pero hacían falta más materias primas. Como en todo sueño, llegaba a los baños sin ningún contexto previo. La aparición repentina de este lugar partió de un lugar conocido en la infancia, pero los recuerdos de él, fragmentados e incompletos, terminaron por torcerse en una pesadilla. Podríamos interpretarla como una nostalgia por la niñez, pero más bien era la resucitación de un trauma que viajó de un pasado no tan distante y que me niego a mutilar. Durante los años que cursé la primaria, usé los baños solo dos veces. Para mi era preferible aguantar hasta llegar a mi casa que entrar ahí. Como pocos, mi turno era el vespertino, y en invierno la noche se filtraba desde antes de las seis de la tarde. No era un temor arbitrario. Hay adultos a los que incluso les da miedo ir por la noche al baño de su propia casa. 

Antes de la popularización de los backrooms, existió en internet otro fenómeno visual y artístico que tomó el nombre de weirdcore, el cual consistía en imágenes virtuales que compartían una estética similar: elementos en baja resolución, un aspecto retro proveniente de las cámara y televisiones de principios de los años 2000, distorsiones, objetos cotidianos fuera de lugar, textos que resultaban incomprensibles o perturbadores. Estas imágenes también tomaban como referente los espacios liminales, y la sensación de miedo y angustia que buscaban generar también se acompañaba de nostalgia y pesimismo por el futuro. Aunque su origen se remonta desde inicios de este siglo, fue a partir de la pandemia mundial en el 2020 que cobraron mayor popularidad.

La estética del weirdcore es heredera (¿o contemporánea?) del glitch art, especialmente de artistas como Rosa Menkman y sus piezas centradas en distorsión y fallos dentro del mundo digital. Nuestra relación con las máquinas siempre ha sido podido ser entendida como una lucha antagónica. Las máquinas desaparecen empleos, matan, dañan el ambiente, y nunca nos hemos compenetrado más con una máquina como con las computadoras. Al ser una extensión de nuestro cerebro, la complejidad e inestabilidad de su sistema las hace víctimas de errores y colapsos. En el glitch art estas fallas nos resultan inquietantes, perturbadoras, tal vez porque nos da miedo encontrarnos a nosotros mismos en esos colapsos.  

The Glitch Moment(um) Rosa Menkman (2011) 1

¿En qué momento la tecnología se metió en nuestros sueños y los pervirtió? O fueron los traumas de nuestro inconsciente terminaron corrompiendo a las computadoras. Los autores del weirdcore estamparon sus sueños en imágenes que se han compartido, reeditado y manipulado hasta permanecer en el anonimato. Son gritos de ayuda que resuenan en fiestas sin invitados, juegos infantiles vacíos, cielos completamente negros, con ojos en lugar de estrellas, que buscan desenmarañan la angustia de una generación, herida por su incertidumbre al presente y pesimismo al futuro, en un permanente anhelo a sus primeros años, exentos de tantos fallos y glitches incomprensibles. 

Hoy, el weirdcore mantiene cierta vigencia en redes sociales. Ha terminado por reconfigurarse y darle forma a otras tendencias como el dreamcore y el kidcore. Sin importar sus formas, la nostalgia, la incomodidad y el mal viaje siguen presentes. Llega a convertirse en videos de Tiktok donde lo retorcido se sienta en los sillones de nuestra sala, en remixes de canciones infantiles ralentizadas, se incrusta en el cerebro para aparecer como un baño sucio desde donde se desbordan la mugre y el temor a la intimidad. Dentro, uno se salpica por la añoranza de algo que ya terminó y pudo haber sido espléndido y horrible por partes iguales, como el paso por la escuela primaria.

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