Nostalgia del vértigo

Daniel Salazar-Ramos

Este texto fue escrito para el curso “Creatividad 6: Deporte”, impartido por Anel Pérez, en la cuarta emisión del Diplomado en Escritura Creativa de la Escuela de Escritura UNAM. Se trata de la versión entregada por su autor, que se publica aquí de manera íntegra y sin intervenciones.

Yo solía ser ciclista. Cuando iba en la universidad, decidí vender mi carro y comprarme una bicicleta, y ése fue mi medio primario durante muchos años en la Ciudad de México. En total, tuve cinco bicicletas distintas, desde una rudimentaria Benotto hasta una bicicleta Trek híbrida para ciudad que me encantaba; incluso probé una de ruta, con la que me accidenté y terminé con una luxación grado III acromioclavicular, es decir, me rompí todos los ligamentos del hombro izquierdo. Dolorosísimo e indescriptible. Sí. Todavía después del azotón que me metí, al año —y con una cirugía reconstructiva que me situó un clavo de titanio donde me luxé— volví a montarme en la bicicleta. Incluso durante algunos años en que duró mi aventura queretana, seguí rodando. Hasta que me robaron la última bicicleta, la número cinco: aquella desafortunada en que me estrellé contra una verja de metal, perdiendo totalmente el control de la bicicleta al atorarse ésta en una canaleta —las de ruta tienen la llanta mucho más delgada y se atoran fácilmente en alcantarillas o baches— y salir volando contra el piso. 

Cabe mencionar que, de esas cinco bicicletas, todas fueron robadas. La vida no me quería ciclista, pues. Creo. Sin embargo, era moverse rapidísimo; sentir el aire de la ciudad a ráfagas en el rostro y los oídos, cómo se calentaban los músculos del cuerpo al pedalear y, particularmente, cómo quemaban las piernas al subir una cuesta empinada. Te vuelves entonces todo fémur, cuadríceps: pocas veces eres tan cuerpo como cuando haces un esfuerzo físico vigoroso, verdaderamente. El sudor en la espalda, el peso de la mochila sobre ésta, el asiento, los bikers, el casco, las refacciones en la mochila… debía estar siempre listo y on-the-go, porque si se te poncha una llanta, debes saber parcharla y cambiarle la cámara si es necesario —a menos que te quedes varadx a media mancha urbana, si es que no estás en la periferia—. Era llevar unas tortitas de avena siempre en la mochila porque pedalear en la ciudad puede ser muy agotador. Era ser feliz al manubrio.  

Dejé de rodar porque, encima, Querétaro es una ciudad con una infraestructura tremendamente cochista y peligrosa tanto para el peatón como para el ciclista: era muy peligroso y mi sueldo de profesor no me daba para ahorrar y comprarme una bicicleta nueva como la que requería para moverme en aquella ciudad. He vuelto a la Ciudad de México, aquella que tanto amé sobre ruedas —vista y sentida y habitada así de un modo radicalmente distinto al de quien camina o conduce un automóvil— y conocí profundamente. He vuelto y apenas la semana pasada me monté en una ecobici. Supongo que también dejé de rodar por algo de miedo. Sé que definitivamente mis enfermedades me apartaron, no sólo de este deporte, sino de toda actividad física considerable por un par de años. Sí, creo que sí tengo un poco de miedo de volver a la bicicleta, de romperme de nuevo contra el pavimento… no obstante, a veces siento nostalgia del vértigo.

Terminal Internacional del Aeropuerto Simón Bolívar. Zona de chequeo.
Scroll al inicio