Y el profeta, con su lengua de oro, dijo: “Pudo entonces verse una gran señal en el cielo: Apareció una mujer cuyo vestido era el sol. La luna estaba debajo de sus pies, y en su cabeza llevaba una corona con doce estrellas”. Y un gran signo, en efecto nobilísimo, apareció en mitad del celaje azul: blanca como lirio, tota pulchra, la Madre del Redentor, vencía a la Bestia, vestida con su túnica blanquiazul, grácil y con alas de águila, apenas esforzada. Ella se yergue sobre el Mundo entero, Madre de la Iglesia, Madre de misericordia. Su santísimo pie siquiera se posa sobre una de las siete cabezas –aplastándola contra el urbe azulado del Mundo– de aquel dragón bermejo que quiso devorar a su hijo, a quien ella aleja de sus fauces con serenidad y fortaleza; no obstante, ese ligero apoyo del metatarso virginal de María sobre el cráneo maldito de la Bestia, satis est.
Ha sido contenida a raya, además, por el Arcángel Miguel, quien acompaña en su lucha a la Virgen que habremos de llamar del Apocalipsis, pues será en los fines de los tiempos en que aparezca como predijo Juan de Patmos. Dios Padre, como siempre, como en todo, preside la escena, con sus brazos abiertos, vela por la Madre y su Niño, a quien ella abraza y protege con un gesto amoroso. El Niño, prácticamente desnudo, gira su cabeza en dirección opuesta a la de la Mujer, levanta su mirada y alza su brazo izquierdo. Debajo de la Mujer, querubines y serafines acompañan la escena, pues ella es digna de alabanza y digna de veneración, verdadero espejo de justicia, refugio de los pecadores, Madre castísima, rosa mística —tópicos de la letanía lauretana que también aparecen en la escena.
Al principio de la era cristiana, esa Mujer Apocalíptica fue entendida como una personificación de la Iglesia, y si bien pronto se empezó a ver en ella a la Virgen María, fue hasta el siglo XII, con san Buenaventura, que esta identificación se popularizó. (Ruiz Gomar, s. f., párr. 2) Por otro lado, con el arte de la Contrarreforma, en el siglo XVII , se hizo frecuente en su representación no sólo fundir a la Mujer con el modelo que igualmente por ese tiempo se imponía de María bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, sino también el intercambiar entre ellas los elementos propios de cada una, lo que explica que a la primera se la empezara a plasmar vestida de blanco y azul, y se le gustara acompañar de angelitos que portan algunos de los símbolos usados con más frecuencia para cantar la pureza que se pregonaba para la Inmaculada, y que a ésta se la comenzara a plasmar con el sol, la luna y las estrellas, que son signos propios de la Mujer Apocalíptica.
Es sobre esa amplia base de la tradición religiosa y de la iconografía mariana que Cabrera compuso el cuadro que aquí se comenta. Para la representación de la Virgen-Iglesia del libro del Apocalipsis ha imaginado una bella mujer, que con un delicado giro en el cuerpo y los brazos en alto protege al Niño de la bestia. Siguiendo el texto bíblico, la ha dotado de un par de alas, la ha vestido con el sol (el disco solar que se asoma detrás de su figura), la ha hecho posarse sobre los cuernos invertidos de la luna (que ahora abrazan un orbe) y la ha coronado con las doce estrellas. Del mismo modo, ha incorporado al arcángel Miguel, quien se alza con la victoria en su lucha con la bestia. Pero, al igual que muchos otros artistas novohispanos, Cabrera se hizo eco de esa extendida práctica a la que hemos aludido de identificar a la Mujer Apocalíptica con la Purísima Concepción, por lo que la ha vestido de blanco y azul, y no ha titubeado en colocar en las manos de los angelillos que la acompañan algunos de los símbolos usados para referirse a la pureza de María.
Si entonces este cuadro también tiene modelos previos como los de José de Ibarra (probable mentor de Cabrera) o Rubens (guía indiscutible del pintor novohispano), Miguel Cabrera enriqueció con numerosas variantes los modelos iniciales, hasta desembocar en una composición nueva, efectista y grandiosa, al realizar uno de los cuadros más completos y espectaculares sobre el tema que pudiéramos encontrar en la plástica novohispana, y sin duda una de las mejores obras salidas de su prolífico pincel que de tanta fama gozó en su época.