El Madrid que yo vi en 1964 era una ciudad a la que la habían robado la alegría, en la que la risa era un lujo, en la que el miedo transitaba entre la gente. Un Madrid de calles con seres que, sin proponérselo, llevaban en los ojos y en la expresión el peso de la tiranía, de las amenazas, y el recuerdo de los amigos o parientes, o simples conocidos, encarcelados o asesinados por los vencedores de cinco lustros antes. En algunos rostros se notaba el esfuerzo por sobreponerse, y la propaganda que inundaba toda España, la de “Veinticinco años de paz”, organizada por Fraga Iribarne, sonaba a burla, a escarnio sangriento contra las víctimas de aquella paz. Aunque los turistas, que no saben mirar y sólo ven lo que esperan ver, no se enterasen de nada más allá de los “tablaos” y las corridas de toros.